Más información, aquÃ.
El viejo le recordaba a Tito a uno de esos carteles fantasma, que se decoloran en lo alto de paredes sin ventanas de edificios ennegrecidos, con los nombres de productos a los que el nombre ha hecho perder su significado.
Si Tito viese uno de esos anunciando las más recientes y terribles noticias, pero supiese que siempre habÃa estado ahÃ, palideciendo con todo tipo de meteorologÃas, inadvertido hasta hoy, se parecerÃa a la sensación de encontrar al viejo en Washington Square, junto a las mesas de ajedrez de cemento, y pasarle un iPod, bajo un diario doblado.
Cada vez que el viejo, sin expresión y mirando hacia otro lado, se metÃa otro iPod en el bolsillo, Tito notaba el oro mate de su reloj, el disco y las manecillas perdidos tras el cristal plástico desgastado. El reloj de un muerto, como los amontonados en destartaladas cajas de puros en un mercado de viejo.
La ropa también era ropa de muerto, hecha de tejidos que Tito imaginaba exudando su propio frÃo, distinto del del fin de este irregular invierno de Nueva York. El frÃo del equipaje por recoger, de pasillos institucionales, de taquillas metálicas restregadas hasta ser metal desnudo.
Pero seguro que era un uniforme, el protocolo de apariencia. El viejo no podÃa ser auténticamente pobre y hacer negocios con los tÃos de Tito. Notando una inmensa paciencia, y poder, Tito imagino que este viejo, por sus propios motivos, se disfrazaba de aparición del pasado del bajo Manhattan.
Cada vez que el viejo recibÃa otro iPod, aceptándolo como podrÃa aceptar un viejo y sagaz simio una pieza de fruta no especialmente interesante, Tito medio esperaba que le rompiese el virginal caparazón blanco como una nuez y extrajese algo extremadamente peculiar, peculiarmente terrible, y de alguna forma horrible en su contemporaniedad.
Y ahora, frente a una humeante plato hondo con sopa de pato, en este restaurante en el segundo piso sobre Canal Street, Tito era incapaz de explicárselo a Alejandro, su primo. En la habitación, antes, habÃa acumulado sonidos, intentando expresar con música las sensaciones que el viejo le provocaba.
Alejandro, que nunca se habÃa interesado por la música de Tito, le miraba ahora, con la frente lisa bajo el pelo con ralla en el medio, hasta los hombros, no dijo nada y pasó cuidadosamente un cazo de sopa, primero al bol de Tito y después al suyo. El mundo al otro lado de las ventanas del restaurante, más allá de palabras en cantonés que ninguno de los dos sabÃa leer, tenÃa el color de una moneda de plata, olvidada durante décadas en un cajón.
Alejandro era literalista, con mucho talento pero supremamente práctico. Es por eso por lo que le habÃan elegido como aprendiz de la gris Juana, su tÃa, la maestra falsificadora de la familia. Tito habÃa cargado antiguas máquinas de escribir mecánicas por las calles del centro para Alejandro, máquinas imposiblemente pesadas compradas en almacenes polvorientos al otro lado del rÃo. HabÃa ido a buscar las cintas de tela entintada y el aguarrás que Alejandro usaba para eliminar la mayor parte de la tinta. Su Cuba natal, enseñaba Juana, habÃa sido un reino de papel, un laberinto burocrático de formularios, de copias carbón por triplicado—terreno por el que los iniciados navegaban con confianza y precisión. Siempre precisión, en el caso de Juana, que habÃa sido adiestrada en los subsótanos pintados de blanco de un edificio cuyos pisos superiores permitÃan estrechas vistas del Kremlin.
“Te asusta, ese viejo,” dijo Alejandro.
Alejandro habÃa aprendido los mil trucos de Juana con papel y adhesivos, marcas al agua y sellos, su magia en improvisadas salas oscuras, y misterios más oscuros que implicaban los nombres de niños muertos durante la infancia. Tito habÃa llevado a veces, durante meses seguidos, carteras en descomposición atiborradas de las identidades que el aprendizaje de Alejandro habÃa generado, con la proximidad prolongada del cuerpo eliminando toda traza de lo nuevo. Nunca habÃa tocado las tarjetas y papeles doblados que el calor y el movimiento del cuerpo habÃa aterciopelado tan convincentemente. Alejandro, al sacarlos de sus sobres manchados de cuero de muerto, llevaba guantes quirúrgicos.
“No,” dijo Tito, “no me asusta.” Aunque en realidad no estaba seguro; el miedo era una parte, pero no parecÃa temer al propio hombre.
“A lo mejor deberÃa, primo.”
Tito sabÃa que la fuerza de la magia de Juana se desvanecÃa, con las nuevas tecnologÃas y el acento creciente del gobierno con la “seguridad”, con lo que querÃan decir control. La familia dependÃa menos ahora de las habilidades de Juana, y obtenÃa la mayorÃa de documentos (suponÃa Tito) de otros, más ajustados a las necesidades actuales. Tito sabÃa que Alejandro no lo sentÃa. A sus treinta años, ocho más que Tito, observaba la vida en la familia como una bendición a medias, como mucho. Los dibujos que habÃa visto Tito, pegados para decolorarse al sol contra las ventanas del apartamento de Alejandro, eran parte de ello. Alejandro hacÃa dibujos hermosos, aparentemente en cualquier estilo, y habÃa una comprensión mutua, tácita, de que Alejandro habÃa comenzado a transportar hacia el norte las sutilezas de la magia de Juana, hacia un mundo de galerÃas y coleccionistas.
“Carlito,” nombró Alejandro a un tÃo, con cuidado, pasando a Tito un pequeño bol de porcelana de calor perfumado y grasiento. “¿Qué te ha dicho Carlito de él?”
“Que habla ruso.” Estaban hablando en español. “Que si me habla en ruso, puedo contestar en ruso.”
Alejandro arqueó una ceja.
“Y que conocÃa al abuelo, en La Habana.”
Alejandro frunció el ceño, con la cuchara de porcelana blanca flotando sobre la sopa. “¿Americano?”
Tito asintió.
“Los únicos americanos que conocÃa el abuelo en La Habana eran CIA,” dijo Alejandro, bajando el tono, aunque no habÃa nadie más en el restaurante aparte del camarero, que leÃa un semanario chino sentado en un taburete junto a la barra.
Tito recordó haber ido con su madre al cementerio chino tras la calle 23, poco antes de venir a Nueva York. HabÃan recuperado algo de un osario allÃ, una de las pequeñas casas de huesos, y Tito lo habÃa llevado a otro lugar, orgulloso de su saber hacer. Y en los fétidos lavabos tras un restaurante del Malecón habÃa hojeado los papeles, en su sobre mohoso de tejido engomado. Ahora no tenÃa ni idea de qué podÃan haber sido, pero sabÃa que estaban escritos en un inglés que apenas habÃa sabido leer.
Nunca se lo habÃa dicho a nadie, y ahora no se lo dijo a Alejandro.
TenÃa los pies, enfundados en botas negras Red Wing, helados. Se imaginó a sà mismo deslizándose lujuriosamente en un profundo baño japonés de aquella misma sopa. “Se parece a los hombres que solÃa haber en las cacharrerÃas de esta calle,” le dijo a Alejandro, “Viejos en abrigos viejos, sin nada que hacer.” Las cacharrerÃas de Canal habÃan desaparecido, reemplazadas por tiendas de telefonÃa móvil y falsificaciones Prada.
“Si le dijeses a Carlito que habÃas visto la misma furgoneta dos veces, o a la misma mujer,” Alejandro le dijo a la superficie humeante de su sopa, “enviarÃa a otra persona. El protocolo lo exige.”
Su abuelo también habÃa desaparecido, el autor de ese protocolo, como los viejos de Canal Street. Sus cenizas, complejamente ilegales, habÃan sido lanzadas, una helada mañana de abril, de un ferry de Staten Island, con sus tÃos protegiendo contra el viento puros de ritual, mientras los chorizos residentes del barco se mantenÃan bien apartados, lejos de que lo que percibÃan como una actividad extremadamente privada.
“No ha habido nada,” dijo Tito. “Nada que indicase ningún interés.”
“Si alguien nos paga por pasarle contrabando al hombre—y por la naturaleza de nuestro negocio no pasamos otra cosa—seguro que hay alguien interesado.”
Tito analizó la lógica de su primo, y le pareció sólida. Asintió.
“¿Conoces la expresión ‘get a life‘, primo?” Alejandro se habÃa pasado al inglés. “Todos necesitamos vidas, Tito, en un momento dado, si nos vamos a quedar aquÃ.”
Tito no dijo nada.
“¿Cuántas entregas, hasta ahora?”
“Cuatro.”
“Demasiadas.”
Se tomaron la sopa en silencio, escuchando los camiones circular sobre metal, por Canal.
Más tarde, Tito estaba junto a la profunda pica de su única y alta habitación en Chinatown, lavando calcetines de invierno con Woolite. Los calcetines ya no le resultaban tan extraños, pero el peso de estos, mojados, aún le sorprendÃa. Y aún asà se le enfriaban los pies a veces, a pesar de una variedad de suelas aisladas de la tienda paramilitar de Broadway.
Recordó la pica del apartamento de su madre en La Habana. La botella de plástico llena de la savia de henequén que usaba como detergente, la base de ásperas fibras de la misma planta y una pequeña lata de carbón vegetal. Recordó las pequeñas hormigas, a toda velocidad por el borde de la pica de su madre. En Nueva York, señaló un dÃa Alejandro, las hormigas se movÃan mucho más despacio.
Otro primo, venido de Nueva Orleans después de las inundaciones, habÃa hablado de ver un enjambre en forma de bola brillante de hormigas rojas en el agua. Asà las hormigas evitaban ahogarse, al parecer, y Tito, al oÃr la historia, habÃa pensado que su familia también era asÃ, flotando en Estados Unidos, menos numerosa pero apoyándose mutuamente sobre su balsa invisible de recursos y maneras de hacer, el protocolo.
A veces miraba las noticias en ruso, en la Russian Network of America, en su tele Sony de plasma. Las voces de los presentadores comenzaban a tener un sonido submarino, onÃrico. Si preguntaba si era asà que uno comenzaba a perder un idioma.
Enrolló los calcetines, estrujó el agua y la espuma, vació y rellenó la pica, los metió de nuevo a aclarar y se secó las manos en una camiseta vieja que usaba como toalla.
La habitación era cuadrada, no tenÃa ventanas, habÃa una única puerta de acero y las paredes eran de cartón yeso pintado de blanco. El alto techo era de cemento sin pulir. A veces se tumbaba en el colchón mirando al techo y trazaba los lÃmites de desparecidas hojas de contrachapado, imprentas fósiles de cuando habÃan vertido el material del piso superior. No vivÃa nadie más. Sus vecinos de piso eran una factorÃa en la que mujeres coreanas cosÃan ropa para niños y otra firma más pequeña que tenÃa algo que ver con Internet. Sus tÃos eran los arrendatarios. Cuando necesitaban la habitación poara algún tipo de negocio, Tito a veces dormÃa en casa de Alejandro, en el sofá Ikea de su primo.
Su propia habitación tenÃa una pica y un lavabo, un hornillo eléctrico, un colchón, el ordenador, amplidicador, altavoces, la televisión Sony, una plancha y una mesa de planchar. Su ropa colgaba de un antiguo colgador de hierro, rescatado de una acera de Crosby Street. Junto a uno de los altavoces habÃa una pequeña vasija azul de una tienda china en Canal, una cosa frágil que habÃa dedicado en secreto a la diosa Ochún, a la que los católicos cubanos conocÃan como Nuestra Señora de la Caridad, en El Cobre.
Enchufó el teclado Casio, añadió agua más caliente a los calcetines que se estaban aclarando, acercó una silla plegable de director de largas patas a la pica y se subió sobre ella. En difÃcil equilibrio sobre la silla , de la misma tienda de Canal Street, se apoyó sobre el respaldo de lienzo negro y metió los pies en el agua. Con el Casio sobre los muslos, cerró los ojos y pulsó las teclas, buscando un tono como el de la plata deslustrada.
Si tocaba bien llenarÃa el vacÃo de Ochún.

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