Spook Country – 2. Hormigas en el agua

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El viejo le recordaba a Tito a uno de esos carteles fantasma, que se decoloran en lo alto de paredes sin ventanas de edificios ennegrecidos, con los nombres de productos a los que el nombre ha hecho perder su significado.

Si Tito viese uno de esos anunciando las más recientes y terribles noticias, pero supiese que siempre había estado ahí, palideciendo con todo tipo de meteorologías, inadvertido hasta hoy, se parecería a la sensación de encontrar al viejo en Washington Square, junto a las mesas de ajedrez de cemento, y pasarle un iPod, bajo un diario doblado.

Cada vez que el viejo, sin expresión y mirando hacia otro lado, se metía otro iPod en el bolsillo, Tito notaba el oro mate de su reloj, el disco y las manecillas perdidos tras el cristal plástico desgastado. El reloj de un muerto, como los amontonados en destartaladas cajas de puros en un mercado de viejo.

La ropa también era ropa de muerto, hecha de tejidos que Tito imaginaba exudando su propio frío, distinto del del fin de este irregular invierno de Nueva York. El frío del equipaje por recoger, de pasillos institucionales, de taquillas metálicas restregadas hasta ser metal desnudo.

Pero seguro que era un uniforme, el protocolo de apariencia. El viejo no podía ser auténticamente pobre y hacer negocios con los tíos de Tito. Notando una inmensa paciencia, y poder, Tito imagino que este viejo, por sus propios motivos, se disfrazaba de aparición del pasado del bajo Manhattan.

Cada vez que el viejo recibía otro iPod, aceptándolo como podría aceptar un viejo y sagaz simio una pieza de fruta no especialmente interesante, Tito medio esperaba que le rompiese el virginal caparazón blanco como una nuez y extrajese algo extremadamente peculiar, peculiarmente terrible, y de alguna forma horrible en su contemporaniedad.

Y ahora, frente a una humeante plato hondo con sopa de pato, en este restaurante en el segundo piso sobre Canal Street, Tito era incapaz de explicárselo a Alejandro, su primo. En la habitación, antes, había acumulado sonidos, intentando expresar con música las sensaciones que el viejo le provocaba.

Alejandro, que nunca se había interesado por la música de Tito, le miraba ahora, con la frente lisa bajo el pelo con ralla en el medio, hasta los hombros, no dijo nada y pasó cuidadosamente un cazo de sopa, primero al bol de Tito y después al suyo. El mundo al otro lado de las ventanas del restaurante, más allá de palabras en cantonés que ninguno de los dos sabía leer, tenía el color de una moneda de plata, olvidada durante décadas en un cajón.

Alejandro era literalista, con mucho talento pero supremamente práctico. Es por eso por lo que le habían elegido como aprendiz de la gris Juana, su tía, la maestra falsificadora de la familia. Tito había cargado antiguas máquinas de escribir mecánicas por las calles del centro para Alejandro, máquinas imposiblemente pesadas compradas en almacenes polvorientos al otro lado del río. Había ido a buscar las cintas de tela entintada y el aguarrás que Alejandro usaba para eliminar la mayor parte de la tinta. Su Cuba natal, enseñaba Juana, había sido un reino de papel, un laberinto burocrático de formularios, de copias carbón por triplicado—terreno por el que los iniciados navegaban con confianza y precisión. Siempre precisión, en el caso de Juana, que había sido adiestrada en los subsótanos pintados de blanco de un edificio cuyos pisos superiores permitían estrechas vistas del Kremlin.

«Te asusta, ese viejo,» dijo Alejandro.

Alejandro había aprendido los mil trucos de Juana con papel y adhesivos, marcas al agua y sellos, su magia en improvisadas salas oscuras, y misterios más oscuros que implicaban los nombres de niños muertos durante la infancia. Tito había llevado a veces, durante meses seguidos, carteras en descomposición atiborradas de las identidades que el aprendizaje de Alejandro había generado, con la proximidad prolongada del cuerpo eliminando toda traza de lo nuevo. Nunca había tocado las tarjetas y papeles doblados que el calor y el movimiento del cuerpo había aterciopelado tan convincentemente. Alejandro, al sacarlos de sus sobres manchados de cuero de muerto, llevaba guantes quirúrgicos.

«No,» dijo Tito, «no me asusta.» Aunque en realidad no estaba seguro; el miedo era una parte, pero no parecía temer al propio hombre.

«A lo mejor debería, primo.»

Tito sabía que la fuerza de la magia de Juana se desvanecía, con las nuevas tecnologías y el acento creciente del gobierno con la «seguridad», con lo que querían decir control. La familia dependía menos ahora de las habilidades de Juana, y obtenía la mayoría de documentos (suponía Tito) de otros, más ajustados a las necesidades actuales. Tito sabía que Alejandro no lo sentía. A sus treinta años, ocho más que Tito, observaba la vida en la familia como una bendición a medias, como mucho. Los dibujos que había visto Tito, pegados para decolorarse al sol contra las ventanas del apartamento de Alejandro, eran parte de ello. Alejandro hacía dibujos hermosos, aparentemente en cualquier estilo, y había una comprensión mutua, tácita, de que Alejandro había comenzado a transportar hacia el norte las sutilezas de la magia de Juana, hacia un mundo de galerías y coleccionistas.

«Carlito,» nombró Alejandro a un tío, con cuidado, pasando a Tito un pequeño bol de porcelana de calor perfumado y grasiento. «¿Qué te ha dicho Carlito de él?»

«Que habla ruso.» Estaban hablando en español. «Que si me habla en ruso, puedo contestar en ruso.»

Alejandro arqueó una ceja.

«Y que conocía al abuelo, en La Habana.»

Alejandro frunció el ceño, con la cuchara de porcelana blanca flotando sobre la sopa. «¿Americano?»

Tito asintió.

«Los únicos americanos que conocía el abuelo en La Habana eran CIA,» dijo Alejandro, bajando el tono, aunque no había nadie más en el restaurante aparte del camarero, que leía un semanario chino sentado en un taburete junto a la barra.

Tito recordó haber ido con su madre al cementerio chino tras la calle 23, poco antes de venir a Nueva York. Habían recuperado algo de un osario allí, una de las pequeñas casas de huesos, y Tito lo había llevado a otro lugar, orgulloso de su saber hacer. Y en los fétidos lavabos tras un restaurante del Malecón había hojeado los papeles, en su sobre mohoso de tejido engomado. Ahora no tenía ni idea de qué podían haber sido, pero sabía que estaban escritos en un inglés que apenas había sabido leer.

Nunca se lo había dicho a nadie, y ahora no se lo dijo a Alejandro.

Tenía los pies, enfundados en botas negras Red Wing, helados. Se imaginó a sí mismo deslizándose lujuriosamente en un profundo baño japonés de aquella misma sopa. «Se parece a los hombres que solía haber en las cacharrerías de esta calle,» le dijo a Alejandro, «Viejos en abrigos viejos, sin nada que hacer.» Las cacharrerías de Canal habían desaparecido, reemplazadas por tiendas de telefonía móvil y falsificaciones Prada.

«Si le dijeses a Carlito que habías visto la misma furgoneta dos veces, o a la misma mujer,» Alejandro le dijo a la superficie humeante de su sopa, «enviaría a otra persona. El protocolo lo exige.»

Su abuelo también había desaparecido, el autor de ese protocolo, como los viejos de Canal Street. Sus cenizas, complejamente ilegales, habían sido lanzadas, una helada mañana de abril, de un ferry de Staten Island, con sus tíos protegiendo contra el viento puros de ritual, mientras los chorizos residentes del barco se mantenían bien apartados, lejos de que lo que percibían como una actividad extremadamente privada.

«No ha habido nada,» dijo Tito. «Nada que indicase ningún interés.»

«Si alguien nos paga por pasarle contrabando al hombre—y por la naturaleza de nuestro negocio no pasamos otra cosa—seguro que hay alguien interesado.»

Tito analizó la lógica de su primo, y le pareció sólida. Asintió.

«¿Conoces la expresión ‘get a life‘, primo?» Alejandro se había pasado al inglés. «Todos necesitamos vidas, Tito, en un momento dado, si nos vamos a quedar aquí.»

Tito no dijo nada.

«¿Cuántas entregas, hasta ahora?»

«Cuatro.»

«Demasiadas.»

Se tomaron la sopa en silencio, escuchando los camiones circular sobre metal, por Canal.

 

Más tarde, Tito estaba junto a la profunda pica de su única y alta habitación en Chinatown, lavando calcetines de invierno con Woolite. Los calcetines ya no le resultaban tan extraños, pero el peso de estos, mojados, aún le sorprendía. Y aún así se le enfriaban los pies a veces, a pesar de una variedad de suelas aisladas de la tienda paramilitar de Broadway.

Recordó la pica del apartamento de su madre en La Habana. La botella de plástico llena de la savia de henequén que usaba como detergente, la base de ásperas fibras de la misma planta y una pequeña lata de carbón vegetal. Recordó las pequeñas hormigas, a toda velocidad por el borde de la pica de su madre. En Nueva York, señaló un día Alejandro, las hormigas se movían mucho más despacio.

Otro primo, venido de Nueva Orleans después de las inundaciones, había hablado de ver un enjambre en forma de bola brillante de hormigas rojas en el agua. Así las hormigas evitaban ahogarse, al parecer, y Tito, al oír la historia, había pensado que su familia también era así, flotando en Estados Unidos, menos numerosa pero apoyándose mutuamente sobre su balsa invisible de recursos y maneras de hacer, el protocolo.

A veces miraba las noticias en ruso, en la Russian Network of America, en su tele Sony de plasma. Las voces de los presentadores comenzaban a tener un sonido submarino, onírico. Si preguntaba si era así que uno comenzaba a perder un idioma.

Enrolló los calcetines, estrujó el agua y la espuma, vació y rellenó la pica, los metió de nuevo a aclarar y se secó las manos en una camiseta vieja que usaba como toalla.

La habitación era cuadrada, no tenía ventanas, había una única puerta de acero y las paredes eran de cartón yeso pintado de blanco. El alto techo era de cemento sin pulir. A veces se tumbaba en el colchón mirando al techo y trazaba los límites de desparecidas hojas de contrachapado, imprentas fósiles de cuando habían vertido el material del piso superior. No vivía nadie más. Sus vecinos de piso eran una factoría en la que mujeres coreanas cosían ropa para niños y otra firma más pequeña que tenía algo que ver con Internet. Sus tíos eran los arrendatarios. Cuando necesitaban la habitación poara algún tipo de negocio, Tito a veces dormía en casa de Alejandro, en el sofá Ikea de su primo.

Su propia habitación tenía una pica y un lavabo, un hornillo eléctrico, un colchón, el ordenador, amplidicador, altavoces, la televisión Sony, una plancha y una mesa de planchar. Su ropa colgaba de un antiguo colgador de hierro, rescatado de una acera de Crosby Street. Junto a uno de los altavoces había una pequeña vasija azul de una tienda china en Canal, una cosa frágil que había dedicado en secreto a la diosa Ochún, a la que los católicos cubanos conocían como Nuestra Señora de la Caridad, en El Cobre.

Enchufó el teclado Casio, añadió agua más caliente a los calcetines que se estaban aclarando, acercó una silla plegable de director de largas patas a la pica y se subió sobre ella. En difícil equilibrio sobre la silla , de la misma tienda de Canal Street, se apoyó sobre el respaldo de lienzo negro y metió los pies en el agua. Con el Casio sobre los muslos, cerró los ojos y pulsó las teclas, buscando un tono como el de la plata deslustrada.

Si tocaba bien llenaría el vacío de Ochún.

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