Spook Country – 3. Volapuk

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Milgrim, con el abrigo Paul Stuart que habí­a robado en un deli de la quinta avenida el mes anterior, observó como Brown abrí­a la enorme puerta enfundada de acero con un par de llaves que habí­a sacado de una bolsa Ziploc, exactamente el tipo de bolsa que Dennis Birdwell, el camello de Milgrim en East Village usaba para empaquetar anfetas.

Brown se irguió, mirando a Milgrim con su habitual aspecto de menosprecio alerta. “Ábrela,” ordenó, balanceando su peso sobre los pies. Milgrim lo hizo, con un pliegue del abrigo entre su mano y el pomo de la puerta.

La puerta se abrió a la oscuridad y el indicador rojo de conexión de lo que Milgrim supuso que sería un ordenador. Entró antes de que Brown tuviese la oportunidad de empujarle.

Se concentraba en la pequeña pastilla de Ativan que se deshacía en su boca, bajo la lengua. Había llegado al punto en que estaba pero no estaba, meramente un punto focal de aspereza que le recordaba las escamas microscópicas de las alas de las mariposas.

“¿Por qué le llaman así?” preguntó Brown, ausente, mientras el rayo de luz incómodamente brillante de su linterna iniciaba una interrogación metódica del contenido de la habitación.

Milgrim oyó como la puerta se cerraba tras ellos.

Era extraño que Milgrim preguntara algo de manera ausente, y Milgrim lo interpretó como tensión. ¿Cómo le llaman a qué?” A Milgrim no le gustaba tener que hablar. Quería concentrarse plenamente en el instante en que la pastilla bajo su lengua hiciese el cambio de fase del ser al no-ser.

El rayo se paró sobre una de esas sillas de director de cine que había junto a una pica de baño como la que se encontraría en la sala de un conserje.

El sitio olía a habitado, pero no mal.

“¿Por qué le llaman así?” repitió Brown, con una calma deliberada y ominosa. Brown no era el tipo de hombre que pronunciase voluntariamente palabras o nombres que le pareciesen inferiores, o por motivos de insuficiente importancia o por ser extranjeros.

“Volapuk,” dijo Milgrim, notando cómo el Ativan hacía finalmente su truco de “no estoy”. “Al escribir un SMS, teclean una aproximación visual del cirílico, el alfabeto ruso. Usan nuestro alfabeto, y algunos números, pero sólo como las letras cirílicas a las que más se parecen.”

“Te he preguntado que por qué lo llaman así.”

“El esperanto,” dijo Milgrim. “Era un idioma artificial, un esquema para la comunicación universal. El Volapuk era otro. Cuando los rusos se construyeron ordenadores los teclados y las pantallas eran romanos, no cirílicos. Se inventaron algo que pareciese cirílico a base de nuestros caracteres. Lo llamaron Volapuk. Supongo que es una especie de broma.”

Pero Brown no era de ese tipo de hombre. “A la mierda,” dijo llanamente, su juicio definitivo sobre el Volapuk, sobre Milgrim, sobre los FIs en que tan interesado estaba. FI era jerga Brown, había averiguado Milgrim, para Facilitador Ilegal, un criminal cuyo crimen consiste en facilitar los crímenes de otros.

“Aguanta esto,” Brown le pasó la linterna a Milgrim, hecha de metal rugoso, profesionalmente no reflectante. La pistola que Brown llevaba bajo la parca, hecha sobre todo de un compuesto de resina, también era no reflectante. Era como los zapatos y accesorios, pensó Milgrim; alguien usa cocodrilo, a la semana siguiente es todo el mundo. Era la temporada de ese color no reflectante, en Brownlandia. Pero una temporada muy larga, supuso Milgrim.

Brown se estaba poniendo un par de guantes quirúrgicos verdes que había sacado de un bolsillo.

Milgrim apuntó la linterna hacía donde quería Brown, saboreando la perspectiva que le permitía el Ativan. Una vez había salido con una mujer a la que le gustaba explicar que las tiendas paramilitares era un himno a la falta de poder masculina. ¿Dónde estaba la falta de poder de Brown? Milgrim no lo sabía, pero ahora podía admirarlas manos quirúrgicamente enguantadas de Brown, como criaturas submarinas en un teatro acuático de un país de hadas, adiestradas para imitar las manos de un brujo.

Habían sacado de un bolsillo una cajita de plástico transparente, y de esta estaban extrayendo habílmente algo diminuto, del azul más pálido y plata, colores que Milgrim identificaba con Corea. Una pila.

Todo necesita pilas, pensó Milgrim. Incluso el fantasmal pequeño objeto que la cohorte de Milgrim usaba para grabar los mensajes del FI, los pocos que había, tanto de entrada como de salida, del aire de la habitación. A Milgrim le provocaba curiosidad, porque por lo que sabía no debería ser posible, no sin pinchar realmente el teléfono del FI. Y el FI, según había dicho Brwon, apenas el mismo teléfono, o número, dos veces. Los compraba y se deshacía de ellos regularmente—algo que también hacía Birdwell, ahora que lo pensaba.

Milgrim observó como Brown se arrodillaba bajo un perchero, tocando con las manos enguantadas bajo la base de acero colado con ruedas. Milgrim quería comprobar las etiquetas de la ropa del FI, unas cuantas camisas y una chaqueta negra, pero tenía que mantener la luz sobre las manos de Brown. APC, juzgó, forzando la vista. Había visto una vez al FI, Brown y él sentados en un sitio de revistas y bocadillos en Broadway. El FI había pasado a pie, al otro lado de la ventana empañada, y de hecho había mirado hacia dentro. A Brown, sorprendido, se le fue, y comenzó a sisear códigos por el micro, y Milgrim no había entendido, al principio, que el tipo pequeño de aspecto inofensivo del gorro de cuero negro con la parte de delante vuelta era el FI de Brown. Parecía, pensó Milgrim, una versión étnica de un Johnny Depp más joven. Brown había hablado una vez del FI y su familia como chinocubanos, pero Milgrim no le había identificado étnicamente. Filipino, quizá, pero tampoco era eso. Y hablaban ruso. O escribían SMSs en una aproximación. Por lo que sabía Milgrim, la gente de Brown jamás había interceptado voz.

La gente de Brown preocupaba a Milgrim. Muchas cosas le preocupaban, sin descontar al propio Brown, pero tenía una carpeta mental especial para la gente invisible de Brown. Parecía haber demasiados, para comenzar. ¿Era Brown poli? ¿Quien fuese que le hacía el pinchado eran polis? Milgrim lo dudaba. La gente brown tenía federal escrito por todo su M.O., le parecía a Milgrim, pero si fuese así, ¿qué era Brown?

Brown, como en respuesta a la pregunta que no se le había hecho, hizo un sonidillo, un gruñido preocupantemente satisfecho, desde su posición arrodillada. Milgrim vio emerger las criaturas de los guantes verdes a la luz, con algo mate, negro y parcialmente cubierto de cinta igualmente negra y mate. Tenía una cola de rata de quince centímetros de cable negro mate, con su propio trozo de cinta y Milgrim supuso que podría estar usando ek perchero piejo del Garment District como antena adicional.

Vio cómo Brown cambiaba la pila nueva, con cuidado de mantener el rayo sobre lo que hacía Brown y sin darle en los ojos.

¿Era Brown algún tipo de federal? ¿FBI? ¿DEA? Milgrim se había encontrado ejemplos de ambos, los suficientes como para saber que eran especies muy diferentes (y antagonistas mutuos). No podía imaginar a Brown como uno de ellos. Pero estos días debía haber federales de colores de los que Milgrim ni siquiera había oído hablar. Pero algo del C.I. aparente de Brown, no my alto tal y como lo juzgaba Milgrim, y el grado de autonomía que manifestaba en la operación, fuese lo que fuese, le seguían pinchando, con la caramente obtenida perspectiva del Ativan que necesitaba para poder estar allí sin gritar.

Vio cómo Brown recolocaba el micro bajo la base oxidada del viejo perchero, cabeza abajo, concentrado en la tarea.

Cuando Brown se alzó, Milgrim vio cómo golpeaba algo oscuro que había sobre el perchero. No hizo ruido al caer al suelo. Al coger Brown la linterna y girarse, repasando una vez más las pertenencias del FI, Milgrim estiró la mano y tocó una segunda cosa oscura que aún estaba llí. Lana fría y mojada.

El brillo incómodo de la linterna de Brown encontró una vasija pequeña y barata, hecha de algo nacarado y azul, junto a uno de los altavoces del sistema de sonido del FI. El diado blanco y azul amplificado le daba al recipiente una translucidez irreal, como si dentro se estuviese iniciando un procesó similar a la fusión.

“Fuera de aquí,” anunció Brown.

Fuera en la acera, caminando a buen paso hacia Lafayette Milgrim decidió que el síndrome de Estocolmo era un mito. Ya llevaban unas cuantas semanas y aún no empatizaba con Brown.

Ni lo más mínimo.

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2 comentarios

  1. Felicidades por el trabajo. No acabo de entender la necesidad de mete hipertexto a la obra, pero traducirla por amor al arte tiene mucho mrito.

    Hoy mismo me han trado un ejemplar del libro desde NY y ya estoy casi a la mitad. Atrapa igual que Pattern Recognition, Neuromancer o cualquier otro.

    Ya has pensado cmo vas a traducir GRID?

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