Spook Country – 1. Lego blanco

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“Rausch,” dijo la voz en el móvil de Hollis Henry. “Node,” dijo.

Encendió la lámpara de la mesilla de noche, iluminando la la lata vacía de Asahi Draft, del Pink Dot de la noche anterior, y su PowerBook lleno de pegatinas, cerrado y durmiendo. Lo envidiaba.

“Hola, Philip.” Node era su actual trabajo hasta allí donde tenía uno, y Philip Rausch era su editor. Habían tenido una conversación antes, la que había resultado en su vuelo a L.A. y en registrarse en el Mondrian, pero eso había tenido mucho más que ver con su situación financiera que con la capacidad de persuasión de Rausch. Algo en su entonación del nombre de la revista, con las cursivas audibles, sugería algo de lo que sabía que se cansaría deprisa.

Oyó cómo el robot de Odile Richard chocaba ligeramente contra algo, desde la dirección del baño.

“Ahí son las tres,” dijo. “¿Te he despertado?

“No,” mintió.

El robot de Odile estaba hecho de Lego, exclusivamente Lego blanco, con un extraño número de ruedas de plástico blanco con neumáticos negros debajo, y lo que suponía que eran células solares atornilladas en el lomo. Lo oyó moviéndose pacientemente, aunque al azar, por la alfombra de la habitación. ¿Se podía comprar Lego exclusivamente blanco? Parecía estar como en casa aquí, donde un montón de cosas eran blancas. Un buen contraste con las patas azul Egeo de la mesa.

“Están preparados para enseñarte su mejor obra,” dijo Rausch.

“¿Cuándo?”

“Ahora. Te espera en su hotel. El Standard.”

Hollis conocía el Standard. Alfombrado de Astroturf azul royal. Cada vez que lo visitaba se sentía como si fuese el ser vivo más viejo del edificio. Había una especie de terrario enorme, detrás del mostrador de registro, en el que chicas en bikini étnicamente ambiguas a veces se tumbaban como si se bronceasen, o estudiasen grandes libros de texto profusamente ilustrados.

“¿Te has ocupado de la factura de aquí, Philip? Al registrarme, todavía la tenían con mi tarjeta.”

“Ya se han ocupado.”

No le creyó. “¿Ya tenemos fecha límite para la historia?”

“No.” Rausch se chupó los dientes, en algún lugar de un Londres que no se podía molestar en imaginar. “El lanzamiento ha sido retrasado. Agosto.”

Hollis aún no se había encontrado con nadie de Node, ni a nadie más que escribiese para ella. Una versión europea de Wired, parecía, aunque naturalmente ellos nunca lo ponían así. Dinero belga, vía Dublín, oficinas en Londres—o, si no oficinas, al menos este Philip. Que le sonaba como si tuviese diecisiete años. Diecisiete años y el sentido del humor extraído quirúrgicamente.

“Mucho tiempo,” dijo, sin estar segura de lo que quería decir, pero pensando, por oblicuamente que fuese, en su cuenta bancaria.

“Te está esperando.”

“Vale.” Cerró los ojos y el teléfono.

¿Se podía, se preguntó, alojarse en el hotel y ser considerada técnicamente una homeless? Al menos se podía sentir así, decidió.

Se tumbó bajo una única sábana blanca, escuchando el robot de la chica francesa chocando, haciendo clic y dándose la vuelta. Estaba programado, suponía, como una de esas aspiradoras japonesas, para seguir chocando hasta que el trabajo estuviese hecho. Odile había dicho que recogería datos con un GPS incorporado; Hollis supuso que lo estaba haciendo.

Se incorporó y una sábana de gran calidad [con un gran alto thread count, en el original] se deslizó hasta sus muslos. Fuera, el viento chocaba contra su ventana desde un ángulo nuevo. El soniquete que hacía daba miedo. Cualquier meteorología muy pronunciada la asustaba, aquí. Se describía, lo sabía, en los diarios del día siguiente como una especie menor de terremoto. Quince minutos de lluvia y los extremos inferiores de Beverly Center se allanaban; piedras del tamaño de casas se deslizaban majestuosamente por las colinas hacia cruces transitados. Había estado aquí para verlo, una vez.

Salió de la cama y cruzó hasta la ventana, esperando no pisar el robot. Buscó a tientas el cordel que abría las pesadas cortinas blancas. Seis pisos más abajo, vio como las palmeras de Sunset se agitaban, como bailarines imitando los últimos dolores de alguna plaga de ciencia ficción. Las tres y diez de una madrugada de miércoles y el viento parecía haber dejado completamente desierto el Strip.

No pienses, se autoaconsejó. No mires el correo. Levántate y ve al baño.

Quince minutos más tarde, habiendo hecho lo posible con algo que nunca había estado del todo bien, bajó hasta el lobby en un ascensor Philippe Starck, decidida a prestar a sus detalles tan poca atención como fuese posible. Una vez leyó un artículo sobre Starck que decía que el diseñador tenía una granja de ostras en la que sólo crecían ostras perfectamente cuadradas, en marcos de acero fabricados para ello.

Las puertas se abrieron sobre una extensión de madera pálida. El ideal platónico de una pequeña alfombra oriental se proyectaba sobre parte de esta desde algún lugar más arriba, estilizados garabatos de luz que recordaban garabatos algo menos estilizados de lana teñida. Con la intención original, recordó que le habían contado, de evitar ofender a Alá. La cruzó deprisa, en dirección a las puertas de entrada.

Al abrir una, hacia el extraño calor en movimiento del viento, un hombre de seguridad del Mondrian la miraba, con una oreja cubierta de Bluetooth bajo el acantilado afeitado de un corte de pelo militar. Le preguntó algo, pero se lo tragó una repentina ventolera en caída libre. “No,” dijo, suponiendo que le había preguntado si quería que le trajesen el coche, que no tenía, o si quería un taxi. Vio que había un taxi, con el conductor reclinado tras el volante, probablemente dormido, soñando quizá con los campos de Azerbaiyán. Lo pasó de largo, sintiendo una extraña exuberancia mientras el viento, tan salvaje y extrañamente aleatorio, repuntaba por Sunset, desde la dirección de Tower Records, como el reflujo de algo a punto de despegar.

Creyó oir al hombre de seguridad llamándola, pero en ese momento sus Adidas se encontraron con auténtica acera Sunset, una abstracción puntillista en goma de mascar ennegrecida. El monstruoso estatuario de puertas del Mondrian ahora estaba tras ella, y subió la cremallera de su chaqueta con capucha. Dirigiéndose, parecía, no tanto hacia el Standard como simplemente hacia fuera.

El aire estaba lleno de los secos y punzantes detritus de las palmeras.

Estás, se dijo, loca. Pero por el momento le pareció abundantemente bien, aunque sabía que este no era un tramo salubre para ninguna mujer, particularmente sola. Ni para ningún peatón, a esta hora de la madrugada. Pero el tiempo, este momento de anómalo clima de L.A., parecía haber barrido cualquier sentido habitual de amenaza. La calle estaba tan vacía como el momento de la película justo antes de la primera pisada de Godzilla. Las palmeras luchaban, el mismo aire se estremecía y Hollis, ahora encapuchada de negro, avanzaba a decididas zancadas. Hojas de diario y flyers de clubs se tambaleaban contra sus tobillos.

Un coche de policía pasó zumbando, en dirección a Tower. El conductor, inclinado decididamente tras el volante, no le prestó atención. Servir, recordó, y proteger. El viento daba tumbos, abriéndole la capucha y repeinándola. Algo que le hacía falta de todas formas, se recordó.

Encontró a Odile Richard esperando bajo el porte cochere blanco del Standard y el rótulo del hotel—que aparecía, por motivos conocidos sólo por los diseñadores, del revés. Odile estaba aún con la hora de París, pero Hollis había ofrecido acomodarse a esta reunión de madrugada. Además, evidentemente, era óptimo para contemplar este tipo de arte.

Junto a ella estaba un latino de anchas espaldas con la cabeza afeitada y un Pendleton retroétnico color borgoña, con las mangas recortadas por encima de los codos. La camisa le llegaba hasta casi las rodillas de los chinos holgados. “Vote for Santa,” dijo, resplandeciente, cuando Hollis se les acercó caminando, levantando una lata plateada de Tecate. Llevaba en el antebrazo algo tatuado en ultraelaboradas letras Olde English en negrita.

“¿Perdón?”

“A votre santé,” corrigió Odile, frotándose la nariz con un pañuelo de papel desgastado. Odile era la francesa menos chic que Hollis recordaba haber encontrado, aunque en una especie de forma haute-nerd europea que sólo la hacía más molestamente adorable. Llevaba una sudadera XXXL de alguna nueva empresa muerta hacía tiempo, calcetines de hombre de nailon con un ribete marrón de un lustre especialmente feo, y sandalias de plástico transparente de color de jarabe de cereza para la tos.

“Alberto Corrales,” dijo el hombre.

“Alberto,” dijo ella permitiendo que su mano se adentrara dentro de la otra mano del hombre, vacía, seca como la madera. “Hollis Henry.”

“The Curfew,” dijo Alberto, con una sonrisa más amplia.

La historia de los fans, pensó, tan sorprendida como siempre, e igual de repentinamente incómoda.

“Esta suciedad, en el aire,” protestó Odile, “es asquerosa. Por favor, vámonos ya, a ver la pieza.”

“Vale,” dijo Hollis, agradecida por la distracción.

“Por aquí,” dijo Alberto, bombeando con elegancia la lata a un contenedor blanco del Standard con pretensiones milanesas. El viento, notó Hollis, se había desvanecido como si estuviese en el guión.

Miró hacia el lobby. El mostrador de recepción estaba desierto, el terrario de chicas en bikini vacío y sin iluminar. Después siguió a Odile, que de forma irritante sorbía por la nariz, al coche de Alberto, un Escarabajo clásico que brillaba bajo múltiples capas de laca para low-riders. Vio un volcán rezumando lava incandescente, latinas de grandes pechos en taparrabos diminutos y tocados de plumas y las roscas polícromas de una serpiente alada. A Alberto le iba algún tipo de mezcolanza étnica cultural, decidió, a menos que los Volkswagen hubiesen entrado en el panteón desde la última vez que observó este tipo de cosas.

Alberto abrió la puerta del lado del pasajero y subió el asiento para que Odile pasara atrás. Donde ya parecía haber equipo de algún tipo. Y después indicó a Hollis que se sentara en el asiento del pasajero, con una cuasi reverencia.

Pestañeó ante la semántica sublimemente prosaica del cuadro de mandos del viejo VW. El coche olía a algún ambientador étnico. El olor también era parte de un lenguaje, supuso, como la pintura, pero alguien como Alberto podría estar usando deliberadamente exactamente el ambientador equivocado.

Salió a Sunset y ejecutó un elegante giro de 180 grados. Tomaron de nuevo la dirección del Mondrian, sobre asfalto finamente cubierto con la biomasa desecada de las palmeras.

“Hace años que soy fan,” dijo Alberto.

“A Alberto le preocupa la historia como espacio internalizado,” contribuyó Odile, desde un poco demasiado cerca tras la cabeza de Hollis. “Ve este espacio internalizado emerger del trauma. Siempre, del trauma.”

“Trauma,” repitió Hollis involuntariamente, cuando pasaban frente al Pink Dot. “Para en el Dot, por favor, Alberto. Necesito cigarrillos.”

“Ollis,” dijo Odille, acusadora, “me dices que no eres fumadora.”

“Acabo de ponerme,” dijo Hollis.

“Pero ya estamos,” dijo Alberto, girando a la izquierda en Larrabee y parando.

“¿Ya estamos dónde?” preguntó Hollis, abriendo la puerta y preparándose, quizá, para correr.

Alberto tenía un aspecto grave, pero no especialmente loco. “Cogeré mi equipo. Me gustaría que experimentaras esta pieza primero. Después, si quieres, podemos hablar de ella.”

Salió. Hollis también. Larrabee tenía una pronunciada pendiente de bajada hacia la llanura de la ciudad, tan inclinada que la encontraba incómoda para estar de pie. Alberto ayudó a Odile a salir del asiento de atrás. Se apoyó sobre el coche y metió las manos bajo la sudadera. “Tengo frío,” protestó.

Y hacía más frío, notó Hollis, sin el impacto cálido del viento. Miró hacia el poco agraciado hotel rosa que había más arriba, mientras que Alberto, envuelto en su Pendleton, trasteaba en la parte trasera del coche. Salió con una abollada maleta para cámaras de aluminio, salpicada de tiras de cinta aislante negra.

Un largo coche plateado pasó silenciosamente por Sunset, mientras seguían a Alberto subiendo por la empinada cuesta.

“¿Qué hay aquí, Alberto? ¿Qué hemos venido a ver?”, preguntó Hollis al llegar a la esquina. ?l se arrodilló y abrió la maleta. El interior estaba forrado de espuma. Extrajo algo que ella inicialmente tomó por una máscara de soldador. “Póntelo.” Se la pasó.

Una banda elástica acolchada, con una especie de visor. “¿Realidad virtual?” No había oído el término en voz alta en años, pensó, al decirlo.

“El hardware va por detrás,” dijo. “Como mínimo el que me puedo permitir.” Sacó un portátil de la maleta y lo abrió, encendiéndolo.

Hollis se puso el visor. Podía ver a través de él, aunque poco. Miró a la esquina de Clark con Sunset y distinguió el rótulo del Whisky. Alberto estiró la mano y trasteó con cuidado con un cable, en un lateral del visor.

“Por aquí,” dijo, llevándola por la acera hasta una fachada baja, sin ventanas, pintada de negro. Escudriñó el letrero. La Viper Room.

“Ahora,” dijo, y oyó cómo tecleaba en el ordenador. Algo tembló en su campo de visión. “Mira. Mira aquí.”

Se giró, siguiendo el gesto, y vio un cuerpo esbelto, con pelo oscuro, boca abajo sobre la acera.

“Noche de Alloween, 1993,” dijo Odile.

Hollis se acercó al cuerpo. Que no estaba ahí. Pero estaba. Alberto la seguía con el portátil, con cuidado con el cable. Sintió como si él contuviese la respiración. Ella contenía la suya.

El chico parecía un pájaro, en la muerte, el arco del pómulo, al inclinarse, proyectaba su propia sombra. El pelo era muy oscuro. Llevaba pantalones oscuros, a rayas, y una camisa oscura. “¿Quién?” preguntó, recuperando la respiración.

River Phoenix,” dijo Alberto, suavemente.

Levantó la mirada, hacia el rótulo del Whisky, y la volvió a bajar, admirada por la fragilidad del cuello blanco. “River Phoenix era rubio,” dijo.

“Se lo había teñido,” dijo Alberto. “Para una película.”

3 opiniones en “Spook Country – 1. Lego blanco”

  1. NO MAAAA esta increible tu traduccion, y todos los “enlaces culturales” estan increibles para poder entender la obra!! felicidades!! sigue asì PUEDES LOGRAR TODA LA OBRA!!

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