Offf to Orlando

El mensaje habitual: seguimos de gira veraniega, que esta vez nos lleva a Orlando (sí, sí, la bromita del tomate, ya lo sé) con motivo del congreso EISTA 07 (toca hacer presentación el sábado).

O sea que ahora mismo (toquemos madera) debo estar despegando desde El Prat con paradas en los aeropuertos Charles de Gaulle (París) y Dulles (Washington) para acabar cayendo dentro de un buen puñado de horas en Florida.

Además del congreso aprovecharé para tomarme unos [¿merecidos?] días libres. Orlando es el imperio Disney y creo que se impone, al menos, una visita a Epcot. Ya explicaré.

Avisaría que se va a reducir la frecuencia de actualización del blog, pero al ritmo que vamos últimamente, no sé yo si se va a notar mucho.

PS Después de un viaje tirando a ajetreado, ya estamos aquí… Nota 1: con lo que cobran los aeropuertos de tasas y las horas que se pasa la gente en ellos ¿tanto costaría ofrecer WiFi gratuito? ¿De verdad? Nota 2: Curioso lo del aeropuerto Charles de Gaulle: si tu vuelo llega cinco minutos tarde, te meten en una furgoneta para llevarte a tu enlace… que lleva su hora y media propia de retraso, con lo que (i) te sobraba tiempo para llegar caminando y (ii) cuando llegas a Washington sí has perdido el vuelo, y acabas llegando al hotel en Orlando cuatro horas más tarde de lo previsto, a la una de la madrugada, 25 horas después de que sonase el despertador…

Da Napoli

Pequeña actualización de urgencia para mantener la tranquilidad de la población ;-). Sigo vivo y en Nápoles, que está resultando ser una ciudad apasionante que desafortunadamente apenas he podido picotear. Se me queda, eso sí, la impresión de que es una ciudad en la que el tiempo se comporta de manera extraña. A veces se para el reloj. A algunos (muchos) se les paró en la era Maradona y siguen adorando al icono argentino. En otros sitios se paró en la época de los palazzos, con arquitecturas monumentales a cada portal, que se abre inmenso a la calle y parece querer engullirte. Se paró hace un par de milenios en Pompeya, bajo la lava y las cenizas del Vesubio. Y también se para el reloj, con cierta frecuencia, con el tráfico napolitano —que provoca sorpresa incluso entre los italianos que han llegado a la ciudad desde el norte— que acelera el funcionamineto del corazón cada vez que uno se sube a un taxi —las líneas continuas sobre el asfalto son meramente indicativas, sospecha uno— o cruza una calle —el secreto, dicen los nativos, está en mirar el tráfico con el rabillo del ojo: si el conductor ve que le miras, asume que serás tú el que se pare…

En fin. Espero encontrar un rato para buscar alguna foto decente en la memoria de la cámara y colgarla por aquí…